Hay un contraste muy grande en esta película. Desde la sinopsis hasta el último minuto, me hizo recordar a “Tokyo Sonata”, de Kiyoshi Kurosawa, que supo pasar con éxito por el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. La impotencia personal y la desintegración familiar (que no necesitan hacerse notar a los gritos para que pegue, y duro) contra la narración obsesiva y exageradamente detallista. Por desgracia, lo segundo se impone a lo primero.
En la película, vemos a una clásica familia tripartita (padre, madre, hijo varón), en un tranquilo barrio de Tokio. El padre va de la casa a la oficina y de la oficina a la casa, casi sin hablar con nadie; sin decir “hola” o “chau”, convirtiéndose lentamente al autismo. La madre, ama de casa, busca en la prolijidad y las buenas maneras el espejismo de una felicidad ausente; el hijo, cansado del tedio familiar, altera horarios y se entrega a cualquier trabajo que le dé una sensación de independencia.
En muchos momentos, la cámara se transforma en un actor más de la escena: sigue muy de cerca todos los pasos de los protagonistas, hace los mismos caminos, y se agita como ellos: Cuando la madre entra en shock, parece que estamos dentro un samba, y acá tenemos el clímax de la película.
No hay principio ni fin. Yoshida no nos cuenta una historia. No hay desenlace, y mucho menos la posibilidad de aprendizaje o de reconocer errores por parte de los personajes. No hay casi palabras. Solo nos mete en la vida de una familia por un par de días, y nada más, para decirlos que debajo de la normalidad algo se pudre. Algunos explotan, y puede llegar a matar, otros siguen como si nada. Solo es una cuestión de aguante.
Puntaje: 05/10





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Nos leemos, saludos.